[Relato corto para http://100bosques.blogspot.com/]

photo credit: Rodrigo HerRaz
HISTORIA DE UN LEÑADOR
No sabía por qué la rama se encontraba en el suelo, y averiguarlo destruiría para siempre los recuerdos que siempre había pensado ciertos.
Y es que hay veces que las historias nos las contamos de mil maneras diferentes, y nosotros mismos, sin saber por qué, decidimos cuál de ellas es la buena. De esta forma descubrí quién era y cómo cambió mi vida.
Las botas estaban frías por la escarcha y, aprovechando que la luna todavía estaba alta, no encendí la vela, hacía tantos años que escuchaba el sonido que no necesitaba mirar, la piedra rasgaba la superficie del filo y yo lo escuchaba como si estuviera en otro sitio, no era real, el olor a tierra, el frío en los pies, el tacto de la piedra áspera como corteza, el hielo del acero.
Todas las mañanas repetía el mismo proceso, siempre acompañado por el sonido del amanecer, roto por el afilar rítmico del acero que anunciaba la percusión lejana del golpe con los troncos. El eco de las montañas me había acompañado toda la vida y a lo lejos, con el paso de los años, veía cómo crecía el claro en el bosque. Un día, otro día, y siempre desayunaba bajo el mismo arce, el olor del queso, el vino rancio, habían sido lo único capaz de detener el sonido de las hachas, sabía que durante ese corto período de tiempo los golpes contra la madera se detenían. Era el descanso.
Sentía el peso de la espalda, castigada por los años, sentía la raíz que le daba apoyo, y sentía la peculiar forma de coger la navaja para no cortar las ampollas que tanto dolían. Recordaba todos los pequeños detalles, cómo racionaba el pan, cómo extendía el queso y cómo limpiaba la navaja, pero no conseguía acordarme del rostro, el gorro daba calor y tapaba las orejas, pero sabía que era rubio… y ¿los ojos?, ¿la nariz?, me era imposible recordar las arrugas que habían marcado los días.
Me era fácil recordar toda la existencia, era sencilla, sonidos de acero durante el día y sonidos de viento en las ramas por la noche. Pero me era imposible imaginar el rostro, no podía saber si sonreía, si lloraba, si era bello, no podía comprender por qué una imagen tan importante me había sido negada en mis recuerdos.
Una noche mi memoria me envió una señal, creí comprenderlo todo, pero seguramente sólo estaba enfermo, daba comienzo la revelación de quién era. No fue algo traumático, al contrario, ni siquiera le di importancia hasta pasados unos años, pero echando la vista atrás me doy cuenta de la importancia de aquel pequeño detalle, que casi pasó desapercibido.
Más tarde aquella misma mañana, no había sentido el sonido del acero afilándose, no recordaba los golpes con los troncos y no entiendo por qué mi primer recuerdo ya es sentado debajo del arce. No hubo desayuno, no hubo queso, ni vino, ni pan. Desde aquel día nunca más notaría el peso de la espalda sobre la raíz.
Desde aquel día los golpes del hacha dejaron de estar acompañados del eco de las montañas, parecían más reales, más nítidos, como si hubiera despertado de un letargo y por primera vez los escuchara, sentía que estaba vivo… hasta que llegó el invierno.
Aquel invierno no dejó recuerdos en mi interior, pasé de estar vivo a muerto de nuevo, sólo recuerdo la nieve fría y húmeda en mis pies, seguía sin recordar mi rostro.
La última noche de aquel invierno me despertó temblando, y cuando abrí los ojos ya era demasiado tarde, había una rama en el suelo, una grande y hermosa, tenía los primeros brotes de la primavera, parecía sana, pero estaba en el suelo.
Aquella primavera tampoco hubo desayuno sobre las raíces, y cada mañana había nuevas ramas en el suelo. Mis recuerdos eran confusos, no recordaba afilar el hacha, no recordaba cortar árboles, y sobre todo olvidé cómo era el sonido nocturno del aire en las ramas. Sólo recordaba el gorro que protegía del frío del amanecer.
Nada tuvo sentido hasta que llegó el otoño, un único recuerdo fue capaz de dar sentido a toda mi existencia, de una manera formidable, el nuevo conocimiento unió todos mis conocimientos anteriores, dándole una explicación a mi vida.
Aquel otoño fui capaz de ver el rostro que tanto anhelaba, pero un estremecimiento recorrió mi columna cuando lo vi. Era un rostro inexpresivo, lleno de arrugas, con yagas provocadas por el sol. Lo que no podía imaginarme es que el rostro estaría debajo de mí, no lo vi reflejado en un charco, no lo vi reflejado en el acero del hacha, lo vi directamente, enfrente, debajo, mirándome resignado. Quise decirle algo pero no pude, quise decirle que era su amigo, quise detenerle, pero el rostro se contrajo, quizás lloró, y aquel día escuché el acero con una nitidez que no había sentido nunca. Sonó limpio, sonó fuerte y sonó a mis pies.
Los recuerdos se juntaron, algunos que ni siquiera sabía que estaban allí cobraron vida, eran mis ramas las que estaban en el suelo, era mi tronco el que golpeaba el hacha. Habíamos crecido juntos, había desayunado bajo mi sombra toda una vida. Él estaba viejo y yo estaba muerto, le quería tanto que pensaba que era yo mismo. Sólo estaba despierto cuando tenía su presencia y ahora me estaba matando.
Empezó a nevar, el invierno había vuelto, mi último recuerdo fue ver cómo se alejaba, con el hacha al hombro, el surco de sus pisadas desapareciendo en el claro, supe que con la primavera la próxima vez que lo viera sería el último día de mi existencia.
